LUTOS NORTEÑOS
LA MUERTE EN EL NORESTE MEXICANO
autor
—
Romain Roy-Pinot
Día de Muertos es considerado como la celebración por excelencia de los muertos en México como en el imaginario colectivo internacional. En el norte de la república, durante años, no se seguía tal costumbre: todavía a principios de la década de los setenta del siglo XX, no [se colocaban] altares de muertos. Por la cercanía con Texas nos llenábamos de calabazas y disfraces satánicos. Entonces para contrarrestar esa influencia del día de Halloween, instituciones como la Sociedad Nuevo Leonesa de Historia, Geografía y Estadística, el Archivo General del Estado de Nuevo León y el ya desaparecido Museo de Monterrey comenzaron a difundir la costumbre de los altares de muertos, que ya se cuentan por miles en todo el estado.1 A pesar de ser entendido como una tradición mexicana, la transcripción “norteña” de Día de Muertos podría ser interpretada como una suerte de “apropiación cultural” ya que, como lo vimos en los artículos “Disonancia Mexicana” y “Arquitectura vernácula en México”, los pueblos originarios ubicados en el norte de México eran mayormente nómadas y por lo tanto ni su arquitectura ni sus tradiciones tenían vocación a establecerse.
Más allá de la celebración que acompaña la transición del 1ero al 2 de noviembre, en varios pueblos originarios, se siguen observando manifestaciones regionales de ritos funerarios, al momento del fallecimiento de un miembro de la comunidad. Este artículo tiene vocación a relatar algunas de estas manifestaciones y se basa en “La Festividad indígena dedicada a los Muertos en México, un documento elaborado por la Coordinación de Patrimonio Cultural y Turismo”2 que recopila el trabajo de varios investigadores e investigadoras que han relatado los rituales de diferentes entidades del país. Nos enfocaremos en la particularidad del territorio noreste y sus manifestaciones socioculturales en relación con la muerte. Por un lado, estudiaremos el concepto de muerte de las comunidades originarias a través del texto “Los entierros en el Noreste mexicano” escrito por Antonio Guerrero Aguilar. Por otro lado, nos enfocaremos en el caso de Nutelia, una celebración rarámuri3 practicada en la comunidad de Potrero que relata Ana Paula Pintado en “Nutelia: la fiesta para alimentar a los muertos, una celebración en una comunidad tarahumara“.
1. — Hiriart Pardo, C. A. (2006) Noche de Muertos en Michoacán, reflexiones sobre su manejo como recurso turístico cultural, parte de La Festividad indígena dedicada a los Muertos en México, Cuadernos 16 coordinado y editado por la Coordinación de Patrimonio Cultural y Turismo.
2. — Coordinación de Patrimonio Cultural y Turismo (2006) La Festividad indígena dedicada a los Muertos en México, Cuadernos 16 coordinado y editado por Coordinación de Patrimonio Cultural y Turismo.
3. — la comunidad tarahumara se autodetermina como rarámuri —que se puede encontrar escrito también ralámuli—, por lo tanto, en este texto se emplearán los dos términos.
Paisaje de la Sierra tarahumara,
foto tomada por Nacho López – ca. 1955
© Fototeca Nacional | Instituto Nacional de Antropología e Historia de México
la muerte, para los pueblos originarios del noreste mexicano.
En su texto “Los entierros en el Noreste Mexicano”, el autor Antonio Guerrero Aguilar evoca diferentes prácticas en relación con la muerte, poniendo de lado el Día de Muertos que también con el tiempo se popularizó en el norte. Hasta los sesentas, el folclor de Halloween era más presente que la celebración de Día de Muertos, por falta de herencia cultural semejante a la del centro y sur de México. Como lo mencionamos anteriormente, el noreste de México fue ocupado casi en su totalidad por grupos nómadas [originarios] que subsistieron de la cacería, la pesca y la recolección4 y por lo tanto, pocas son las manifestaciones arquitectónicas y manifestaciones tangibles que han sobrevivido. La herencia cultural de esos territorios es entonces más ideológica que edificada, frente a la muerte; relativa a un patrimonio intangible lleno de ritos que a veces implican la destrucción o desaparición del cuerpo. Para entender esta concepción, nos interesamos en diferentes rituales ancestrales de los pueblos originarios del noreste de México, al momento de la muerte de uno de sus miembros.
Para los pueblos nómadas originarios del noreste de México, la falta de huellas tangibles relativas a la muerte era de cierta forma intencional. Encontramos como característica la franca intención de ocultar los sitios en donde eran depositados los restos de los difuntos. Entre más ocultos estuvieran los restos de sus difuntos, mejor, pues pensaban que las tribus vecinas podían hacer mal uso de los mismos. Por eso casi no encontramos evidencias de monumentos funerarios, ya que acostumbraban abandonar a los muertos en cuevas, cañadas, o en el desierto.5 Pocos son los difuntos que fueron enterrados y cuando fue el caso, eran enterrados en el desierto en posición de cuclillas.6 Es común encontrar restos humanos cerca de montañas que tienen siluetas muy significativas para los antiguos y actuales pobladores de la región. Para protegerlos de las fieras y de las aves de rapiña, sembraban nopales o arbustos espinosos sobre las tumbas o hacían un cercadillo con ramas gruesas. Preferentemente los envolvían en alguna bolsa de cuero o una manta simulando la posición fetal.7 Otra práctica común era el canibalismo; los antiguos habitantes del noreste mexicano acostumbraban comerse los cuerpos de sus deudos o de sus enemigos.8 A pesar de enterrar a algunos restos, subsistían relaciones nómadas con las reliquias: en la región de los indios texas, algunas tribus nómadas hacían anualmente un viaje cargados con los huesos de sus muertos, y después de ponerlos en sus lugares de origen volvían a asentarse en el sitio que habían elegido para su morada.9 Los restos se vuelven casi amuletos, transportables y venerados.
4. — Guerrero Aguilar, A. (2006) Los Entierros en el Noreste Mexicano, parte de La Festividad indígena dedicada a los Muertos en México, Cuadernos 16 coordinado y editado por la Coordinación de Patrimonio Cultural y Turismo.
5. > 9. — ibid.
Cuando los cuerpos no eran enterrados o abandonados, eran quemados y se esparcían sus cenizas en la tierra. En esta ocasión, las familias y los conocidos del finado se arrancaban con fuerza los cabellos y sentados sobre sus pantorrillas se dejaban caer violentamente contra el suelo. Acompañaban el cortejo fúnebre con plañideras, quienes gritaban en coro la desventura de la partida del ser querido.10 Se entiende que por la imposibilidad de volver a presenciar los restos del difunto, esta “ceremonia” constituye una última despedida llena de “tragedia”. La noción de sacrificio como parte de los rituales funerarios también estaba presente: hacían bailes en donde presentaban la cabeza de un venado muerto y un anciano echaba al fuego pedazos de los huesos y de las astas. Tenían la creencia que las llamas comunicaban las cualidades que había tenido en vida el finado.11
Se le da mucha importancia a las personas que son testigos de la muerte: cuando la madre moría de resultas (al dar a luz), la comadrona y una comitiva de allegadas pronunciaban gritos y lamentos para que el resto de los integrantes se dieran cuenta del deceso. Si nacían cuates, elegían al más fuerte de los dos y mataban al otro. O bien, cuando presentaba problemas físicos o de nacimiento, sacrificaban al recién nacido.12 Se entiende que para los pueblos originarios del noreste de México, la muerte es vivida como una suerte de “última purgación”: si la persona estaba muy delicada de salud, era llevada al lugar destinado para su tumba hasta que sobreviniera la muerte. Los deudos acudían al sepulcro con tizne en los rostros y cantaban las virtudes que identificaban al difunto.13 También, para los moradores del centro de lo que actualmente es Coahuila, acostumbraban que cuando alguien se encontraba presente en el momento en que una persona fallecía, debía también morir por darse cuenta del suceso.14
Con el tiempo, y por la imposición de nuevos dogmas durante la conquista, la relación de las poblaciones originarias del noreste mexicano con la muerte ha evolucionado y la sedentarización le dio más relevancia a los lugares dedicados a la muerte y a su celebración, como es el caso de la tradición tarahumara de Nutelia.
texto completo disponible aquí
LOS ENTIERROS EN EL NORESTE MEXICANO
10. — Guerrero Aguilar, A. (2006) Los Entierros en el Noreste Mexicano, parte de La Festividad indígena dedicada a los Muertos en México, Cuadernos 16 coordinado y editado por la Coordinación de Patrimonio Cultural y Turismo.
11. > 14. — ibid.
Nutelia, celebración funeraria tarahumara.
En el texto “Nutelia: La Fiesta para Alimentar a los Muertos, una celebración en una comunidad tarahumara”, la autora Ana Paula se interesó en una fiesta de despedida de muertos15 en la comunidad de Potrero, en la subregión de la Sierra Tarahumara. El trabajo de la autora fue apoyado por Valentín Catarino quien fue uno de los informantes ralámuli de Potrero que hicieron posible la presente investigación.16 Se trata de la explicación de ritos que ocurren después de la muerte de un miembro de la comunidad.
15. — Pintado, A. P. (2006) Nutelia: la Fiesta para Alimentar a los Muertos, una Celebración en una Comunidad Tarahumara, parte de La Festividad indígena dedicada a los Muertos en México, Cuadernos 16 coordinado y editado por la Coordinación de Patrimonio Cultural y Turismo.
16. — ibid
Población tarahumara,
documento realizado por LUPA, basado en un mapa de atlas.inpi.gob.mx
© LUPA
Distribución de la población en el territorio
Chihuahua. – 56,035
Sinaloa. – 406
Durango. – 207
Sonora. – 9
Chihuahua. – 56,035
Sinaloa. – 406
Durango. – 207
Sonora. – 9
Población Total:
56,657
Cantidad de localidades:
1,471
fuente:
Sistema de Información Cultural, 2019.
La Sierra Tarahumara se compone de diferentes comunidades y como lo vimos, en el caso de muchas poblaciones originarias del norte de México, son comunidades nómadas. En la comunidad de Potrero, se sigue viendo una forma de nomadismo: se constituye de varias rancherías y las divide en dos grupos: las rancherías de invierno y las rancherías de verano. [...] Los ralámuli suben a los valles altos para disfrutar de la primavera, de los duraznos de septiembre, de las manzanas rojas y de un clima cálido.17 Sin embargo, aunque históricamente, los rituales –inmateriales– prevalecían sobre lo edificado, poco a poco se han edificado verdaderos cementerios. Por lo general, los cementerios se localizan al poniente de las localidades, porque es allí donde bajarán a descansar, como lo hacen los astros. Los muertos son colocados en una caja de madera antes de ser enterrados. Su cabeza es dirigida hacia el oriente; sus pies, al poniente. Cuando se termina de enterrar, simbólicamente, cada participante le echa tres veces tierra si es hombre y cuatro si es mujer. Al final, se le coloca una cruz de madera y tres piedras.18
En la comunidad de Potrero, la parte esencial de sus ritos sucede después del entierro de uno de sus miembros. Cuando alguien muere necesita de la ayuda de sus parientes más cercanos (hijos, hermanos, nietos, padres o cónyuge) para “alimentar” sus almas o fuerzas, y despedirlo y encaminarlo a su nueva condición.19 Al morir, cada miembro de la comunidad es celebrado a través de fiestas y cuando fallece una mujer le corresponden cuatro fiestas; pero si es hombre, tres. Esto se debe a que los ralámuli consideran que la mujer tiene cuatro fuerzas y el hombre tres; dicen que así es porque son las que procrean, que por ello tienen que ser más fuertes. Cada fiesta es para despedir a una de estas “almas”. Las fiestas para muertos tienen el objetivo de hacerle notar al difunto su nueva condición, porque tardan en percatarse de que si bien siguen con su vida normal, viviendo en sus casas y trabajando la tierra, “ahora están muertos”.20 La primera fiesta tiene que realizarse idealmente tres o cuatro meses después de la muerte; las dos o tres que siguen se deben hacer año con año. Sin embargo, dependerá de la situación económica de los parientes: a veces pueden pasar varios años antes de hacer las siguientes fiestas.21 También, por razones económicas, las fiestas pueden ser realizadas simultáneamente para más de un difunto, pues suele ser conveniente compartir los gastos por lo costosas que resultan.22 No obstante, como parte de la tradición, en cada una de las fiestas que se celebran, se sacrifica un chivo (uno por cada difunto).23
17. — Pintado, A. P. (2006) Nutelia: la Fiesta para Alimentar a los Muertos, una Celebración en una Comunidad Tarahumara, parte de La Festividad indígena dedicada a los Muertos en México, Cuadernos 16 coordinado y editado por la Coordinación de Patrimonio Cultural y Turismo.
18. > 23. — ibid
serie de fotos de preparación de platillos, tortillas y tesgüino,
fotos tomadas por Nacho López – ca. 1955
© Fototeca Nacional | Instituto Nacional de Antropología e Historia de México
- – Mujeres tarahumaras preparan alimentos
- – Mujeres tarahumaras hacen tortillas a mano
- – Mujeres tarahumaras preparan tesgüino
En ocasión de estas fiestas, la familia del difunto es responsable de la organización, la cual empieza en general una noche antes. Involucra a familiares y amigos así que a un curandero, llamado owilúame en lengua tarahumara,24 autoridades locales, incluyendo al gobernador de la comunidad, también llamado "mayoli". Este último es convocado cuando el difunto dejó esposa e hijos y se encarga de hacer ver al muerto que deberá respetar a su familia sin aparecerse, ni asustarlos.25 La “procesión” comprende diferentes etapas, preparaciones de comida y adecuaciones espaciales. Se prepara un espacio llamado awílachi, que significa “lugar para bailar”; es un escenario donde se van a realizar una gran parte de las acciones rituales, [...] un espacio de petición y propiciación mediante el canto y la danza. Es un área circular que se desyerba y se limpia de piedras.26 Se fabrica una mesa llamada mesichi sobre la cual se claven tres cruces de aproximadamente 80 centímetros y se disponen tres otras cruces -más chiquitas– debajo de la mesa. Se establece también un patio a unos metros de la casa de los organizadores de la fiesta. Como mencionado previamente, el rito gira principalmente alrededor del sacrificio de un chivo, lo cual se opera antes de empezar la fiesta. Mientras se mata al animal, el curandero, quien va a ser el encargado del ritual, comienza a bailar el rutugúli, una danza que consiste en desplazamientos sobre el eje oriente poniente del awílachi. Mientras éste danza, un par de hombres desollan al animal y le sacan las vísceras para que las mujeres vayan cocinando diversos platillos (ramali, caldo de entrañas de chivo; tónali, frijoles con carne de chivo, y menudo, maíz con carne de chivo).27 Se prepara también el tesgüino, una bebida a base de maíz fermentado, con olor a masa de pan agrio y de sabor acerbo con cierto dejo dulce.28
Al día siguiente, una vez que los invitados hayan llegado, la primera etapa consiste en llevar les al panteón de la comunidad, “el lugar del muerto”: el chuwílele. Familiares cercanos les llevan frijoles, tortillas y cigarros, además de unas velas para santiguar el lugar donde yace el fallecido.29 De regreso del cementerio, se abre la primera olla de tesgüino y se le regalan tragos a todos los participantes. La gente se reúne al borde del patio y el curandero se apresta a ofrecer su sermón, se coloca de espaldas al altar, al oriente del patio, con su vista hacia el poniente, donde el sol se guarda para descansar.30 Cuando la fiesta cuenta con la presencia del gobernador, da un discurso llamado nawésali, en el cual se verbaliza el ideal de una vida más próspera, se habla del por qué hacer una fiesta para los muertos y del por qué se necesita que estén todos juntos.31 Por lo tanto, más allá de ser un evento íntimo reservado a la familia del difunto, Nutelia es también parte esencial de la vida de la comunidad.
24. — Pintado, A. P. (2006) Nutelia: la Fiesta para Alimentar a los Muertos, una Celebración en una Comunidad Tarahumara, parte de La Festividad indígena dedicada a los Muertos en México, Cuadernos 16 coordinado y editado por la Coordinación de Patrimonio Cultural y Turismo.
25. > 31. — ibid
serie de fotos en relación con ceremonias tarahumaras,
fotos tomadas por Nacho López en fechas diversas
© Fototeca Nacional | Instituto Nacional de Antropología e Historia de México
- – Danza de pascoleros, ca. 1970
- – Músicos tarahumaras durante una fiesta, ca. 1955
- – Tarahumaras durante una ceremonia, ca. 1955
- – Tarahumaras realizan una danza, ca. 1955
- – Tarahumaras durante la danza pazquino, ca. 1955
- – Niños tarahumaras ensayan baile en su salón de clases, ca. 1955
Mientras tanto, en el patio, se coloca una cruz alrededor de la cual se disponen ofrendas. Se adorna la cruz con la “collera” del difunto (la cinta gruesa y casi siempre blanca que se ponen de adorno los ralámuli sobre la cabeza) y un rosario hecho de semillas de lágrimas de job.32 Después, se colocan los restos del chivo, la comida y el tesgüino que a diferencia de otras fiestas, como la de curación o la de propiciación de lluvias [...] se ofrece con la mano izquierda en vez de la derecha [porque se cree] que el mundo de los muertos es un mundo al revés del mundo de los vivos. Posteriormente se repartirá con la mano derecha.33 A continuación, se baila un tipo de danza llamado pascol, la cual dura aproximadamente una hora y se acompaña de rituales operados por otro curandero, involucrando a los pascoleros. Los que danzan tienen una relación de parentesco con el muerto34 a diferencia de los músicos que acompañan el baile al ritmo del violín y de la guitarra. Se operan varias ida y vueltas entre el patio y la casa, durante las cuales los participantes cargan ofrendas, miembros del chivo y platillos. Después de unas horas de ir y venir, [...] el curandero canta al ritmo de dos “puntas”, es decir, dos pedazos de fierro que normalmente son de las coas [...] pero que en ocasiones pueden ser otros instrumentos de fierro como, por ejemplo, dos bisagras. El curandero se sienta a golpear dichas puntas junto a las ofrendas. Frente a él se colocan en cuclillas la familia del difunto, por ejemplo sus hijos y su esposa, y mientras ven solemnemente al curandero, él [...] habla con el difunto a través del canto, y es que sin su ayuda el muerto puede que siga creyendo que está vivo.35 Finalmente, se realiza una última procesión entre la casa y la milpa, para posteriormente dirigirse, una vez más, hacia el awílachi. Es común que los pascoleros griten que deben matar al venado. Según John G. Kennedy, al no tener oportunidad de ofrecerle al muerto un venado, simbólicamente lo persiguen hasta encontrarlo.36 Una última danza cierra la procesión, involucrando al curandero, el gobernador y uno de los pascoleros. Posteriormente, se reparten todas las ofrendas a quienes estuvieron trabajando ritualmente, es decir, además del gobernador y el curandero, tanto los que prepararon la comida como los que danzaron.37
A pesar de ser un momento dedicado a la muerte, se generan dinámicas que celebran la vida: los invitados se emborrachan, cantan, bailan; hombres y mujeres se mezclan y conviven sin inhibirse, sin tener “vergüenza”; se crean las nuevas parejas, se juegan “luchitas”. Es, finalmente, el espacio de lo humano.38 La fiesta se acaba hasta que ya no hay tesgüino o antes, cuando el cuerpo cae rendido. El día siguiente es el de la cruda, de calma, de la satisfacción de que se cumplió; el muerto ya no molestará.39
Como fue evocado previamente, después de la primera Nutelia, se tienen que realizar dos o tres fiestas más por difunto; sin embargo, las fechas en que se realizan no son fijas, es decir, no se hacen el Día de Muertos. Se pueden llevar a cabo en cualquier fecha del año, salvo a finales de junio, y los meses de julio y agosto cuando, en la temporada de lluvias, se trata de observar cómo el maíz va creciendo y por ello se debe de guardar absoluta tranquilidad y mantenerse a la expectativa.40 Cabe notar que Día de Muertos, por su inscripción en el año, está intrínsecamente ligado a la temporalidad del maíz y marca el fin y reinicio de un ciclo. Con este compromiso con el ritmo del cultivo y con la importancia de la milpa y del tesgüino en las procesiones, es interesante ver que para los tarahumaras, el maíz es también un elemento fundamental en la celebración de la muerte, y de la vida.
texto completo disponible aquí
NUTELIA: LA FIESTA PARA ALIMENTAR A LOS MUERTOS
32. — Pintado, A. P. (2006) Nutelia: la Fiesta para Alimentar a los Muertos, una Celebración en una Comunidad Tarahumara, parte de La Festividad indígena dedicada a los Muertos en México, Cuadernos 16 coordinado y editado por la Coordinación de Patrimonio Cultural y Turismo.
33. > 40. — ibid
conclusión.
La cultura mexicana está intrínsecamente ligada a su relación con la muerte; sea por su herencia cultural llena de ritos funerarios y sacrificios o por su presencia cotidiana en los periódicos sensacionalistas. Existe una suerte de fascinación hacía ella. Al mismo tiempo, se “vive” la muerte como una confrontación cultural e ideológica; si existen ritos y conceptos diferentes a través del país, el pueblo mexicano inscribe sin duda a la muerte en su cotidianidad como un mestizaje cultural. Para los cristianos la muerte es un tránsito, un salto mortal entre dos vidas, la temporal y la ultraterrena; para los aztecas, la manera más honda de participar en la continua regeneración de las fuerzas creadoras, siempre en peligro de extinguirse si no se les provee de sangre, alimento sagrado. En ambos sistemas vida y muerte carecen de autonomía; son las dos caras de una misma realidad. Toda su significación proviene de otros valores, que las rigen. Son referencias a realidades invisibles.41
Cada territorio de la República de México tiene su propia percepción de la muerte y su forma de “celebrarla”. El estudio de las tradiciones del noreste de México es sin duda la confirmación que es imposible –e irrelevante– seguir buscando una “identidad nacional” sea en las prácticas funerarias como en otras tradiciones; la riqueza de México reside en su pluralidad cultural. Replantear la percepción local de la muerte es, más que una cuestión sociocultural, un ejercicio a la vez espiritual y filosófico. Precisamente desde el punto de vista antropológico se considera a los entierros y a los ritos relacionados con la muerte, como uno de los indicadores de los avances en la cultura y civilización de un pueblo.42